Hacía 40 grados. Y a nadie le importó una mierda.
Voy a contarte una cosa que aprendí fotografiando la boda de Coky y Arancha.
El calor no perdona a nadie. Ese día apretó de verdad, ¿sabes el típico calor que te seca la garganta y te hace buscar sombra como si fuera oro? Pues así. Y aun así, en todas las fotos, la misma sonrisa. La misma. Ni una gota de sudor le quitó una pizca de felicidad a esos dos.
Al ver eso, comprobé nuevamente algo que es evidente, pero no tanto… el calor lo aguanta cualquiera si está donde quiere estar.
Coky y Arancha son guapos, sí. Pero no es lo que hace que sus fotos funcionen. Lo que hace que funcionen es cómo se miran cuando creen que nadie los está mirando. Eso no se posa. Eso pasa o no pasa, y con ellos pasaba todo el rato. Aquí lo vas a ver. Te lo prometo. Mira.
































Hugo aún es muy pequeño y le importa un pimiento tu protocolo
En toda boda hay un enano que se roba la película. Aquí fue Hugo.
Cuatro años, la energía de diez adultos juntos y cero interés en si su papel estaba desarrollándose tal y como quería su madre. Él solo quería correr, jugar, abrazar a todo el mundo y liarla un poco entre los invitados. Y mientras lo hacía me regaló fotos que van a seguir sacando sonrisas dentro de veinte años, cuando ya nadie se acuerde del menú. Lo más impactante, las miradas que dedica a su madre bella.
Porque los niños no entienden de bodas. Entienden de felicidad. Y esa se ve a la legua. Hugo es feliz.




La iglesia estaba llena. Pero no de gente.
La ceremonia fue en San Francisco. Podría hablarte de la arquitectura, de lo bonita que es por dentro, pero mentiría si te dijera que fue eso lo que me hizo apretar el disparador.
Lo que la llenó de verdad fueron los nervios de los dos, las manos buscándose, ese «sí, quiero» que sale con la voz un poco rota porque el momento pesa. Cuando el amor es real no hay que inventarse nada. Solo hay que estar ahí, con la cámara lista, sin cagarla.
Desde la entrada del novio, solemne y con los nervios in crescendo, a la espectacular entrada de Arancha a los sones de «Me quedo contigo» cantado por la Enorme Rosalía, los fallos a la hora de leer los votos, las risas a continuación, las caras de felicidad de amigos y familiares cuando se pusieron sus anillos… Si es que fue todo rodado. Te lo juro.











Luego llegó la luz. Y la luz no se compra.
Puedes pagar el mejor fotógrafo, el mejor salón, el mejor DJ. La luz no. La luz aparece o no aparece, y esa tarde decidió aparecer en su mejor versión.
Desde que empezamos en casa de Coky, nuestra amiga la luz nos fue acompañando regalándones entornos más que espectaculares, aqui vas a ver algunos.
Tras la ceremonia, era momento de hacer unas pocas fotos de pareja, con esa emoción a flor de piel en todos. También en el equipo de fotografía. Te lo garantizo. Empezaba el atardecer. Un atardecer de esos que parecen trucados y no lo están. Coky y Arancha hicieron lo único inteligente que se puede hacer en ese momento: pasar de la cámara. Pasear, hablar, reírse, abrazarse. y Besarse. Mucho. Yo solo tuve que estar cerca y no molestar.






Sus amigos saben montar una fiesta. Se nota hasta en las fotos.
Hay cuadrillas que aguantan una boda. Y hay cuadrillas que la convierten en otra cosa. La de Coky y Arancha es de las segundas: cantan fuerte, se ríen más fuerte todavía, y consiguen que cualquier tontería termine siendo la anécdota del año.
Con gente así no hace falta pedir que sonrían para la foto. Sonríen solos. Y las mejores fotos siempre salen de la gente que ya está pasándoselo bien antes de que aparezca la cámara.
Buena comida, buenas conversaciones, algún abrazo de esos que duran de más, alguna lágrima suelta y muchísimas risas. Al final una boda no es un momento importante. Son doscientos momentos pequeños que, juntos, no vuelven a repetirse nunca.



















Las fotos de su boda no son para esta semana. Es para dentro de veinte años.
Vais a recibir vuestras fotos, se las vais a enseñar a la familia, las vais a mirar unas cuantas veces esta semana y luego, probablemente, las vais a olvidar un poco.
Y eso está bien. Porque el día que de verdad importan es otro: el día que Hugo sea un hombre hecho y derecho y vea cómo lo miraban Coky y Arancha con cuatro años. El día que alguien de esa foto ya no esté y necesitéis volver a escuchar su risa mirando una imagen. Ese día vais a entender que lo que pagasteis no fue una fotografía. Fue una herencia.
Gracias, Coky. Gracias, Arancha.
Por dejarme entrar en vuestro día como si fuera uno más de la familia. Y gracias a Hugo, por recordarme algo que se me olvida entre boda y boda: las fotos buenas casi nunca se preparan. Simplemente pasan, y tú solo tienes que estar ahí para no perdértelas.


¿Y tú? ¿Cómo quieres recordar tu boda dentro de veinte años?
Porque dentro de veinte años no vas a abrir el álbum para ver cómo era el centro de mesa. Nadie hace eso. Lo vas a abrir para volver a escuchar las carcajadas, para ver el abrazo de tu padre, para recordar cómo te temblaba la mano un segundo antes de decir «sí, quiero».
Eso es lo que hacemos en La Fotogenika. Si te casas en Linares, en Jaén o en cualquier rincón donde te lleve tu historia, nos encantaría estar ahí para contarla. Sin postureo, sin poses de catálogo. Solo la verdad, tal y como pasó.
El tiempo va a pasar de todas formas. La pregunta es si vas a tener algo que enseñarle a tus nietos, o solo el recuerdo borroso de un día que se fue sin que nadie se molestara en guardarlo.


